martes, 21 de diciembre de 2010

INSPIRACIÓN



















Todo el verano esperando que la musa vuelva es casi una eternidad.

Muchas tardes emborroné folios que acabaron en el contenedor de reciclaje...

¿Esperar a la musa o forzar su presencia? La verdad es que ya no sé muy bien que sortilegio invocar.

Y un día, cuando menos te lo esperas, delante de una taza de café en un bar, coges una servilleta y la musa comienza a susurrar: no te preocupes si no vuelvo, puede que no te haga falta ya...



Ana

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viernes, 17 de diciembre de 2010

EL ENGAÑO II


Me vestí con ropa cómoda y me encaminé al Hospital. Se encontraba a cuatro manzanas de mi casa, por lo que me decidí a ir dando un paseo, mientras mi cabeza no paraba de dar vueltas en torno a una misma idea...Aquello era un error. ¿Quién era la Señora Castro? Y lo más importante ¿qué tenía que ver conmigo?

En esas estaba cuando llegué a la puerta del viejo Hospital Provincial. Me adentré buscando el puesto de Información, donde una recepcionista muy amable me preguntó:

- ¿En qué puedo ayudarle?

- He recibido una llamada informándome del empeoramiento de la señora Castro. ¿Quién podría darme más información?

- A ver…La señora Castro se encontraba ingresada en Oncología. Suba a la cuarta planta y pregunte en el control de Enfermería, probablemente allí puedan ayudarle.

Me despedí agradeciéndole su atención y me encaminé hacia el ascensor, pensando que su modernidad desentonaba con el vetusto edificio. Probablemente aquellos pensamientos eran una manera de intentar que la situación no me agobiara aún más.

Al llegar a la planta busqué el control de Enfermería. Estaba vacío, probablemente porque la unidad en la que me encontraba era, con Urgencias y la U.C.I, una de las más complicadas de llevar. De una de las habitaciones salió una enfermera morena llevando el carro de curas. Me dirigí a ella para ver si me podía dar algún tipo de información.

- Bueno días. Perdone que la interrumpa, necesitaría que me diera información…

- Deme un momento, tengo que entrar a revisar el suero de esta paciente y ahora mismo estoy con usted.

En un par de minutos salió de la habitación y recogió el carro de curas. Mientras se lavaba las manos escrupulosamente me preguntó:

- ¿En qué puedo ayudarle?

- Me han llamado esta mañana para informarme del empeoramiento de la Señora Castro.

- ¿Es usted su familiar?

- Verá, aquí creo que es donde se encuentra el error. Me han llamado para decirme que mi madre había empeorado, cuando la realidad es que mi madre falleció en un accidente de tráfico hace diez años. He intentado explicárselo a su compañero, pero él ha insistido en que viniera para aclarar la situación.

- Mire, yo lo único que puedo decirle es que Elena Castro ha fallecido esta madrugada. Estaba ingresada en la 412, y que durante los días que ha permanecido ingresada en el Hospital, ha estado acompañada por un señor, que debe ser el que la ha llamado, porque aquí no me consta que se haya realizado ninguna llamada para informar de su fallecimiento, entre otras cosas, porque no teníamos constancia de la existencia de ningún familiar directo al que debiéramos de llamar en caso de empeoramiento o defunción. Vaya a la habitación, creo que el acompañante de la señora Castro se encuentra todavía allí.

La puerta de la 412 estaba entreabierta. Al lado del ventanal, un hombre canoso y alto miraba a través de los cristales. Al ver mi reflejo en ellos se volvió con expresión de asombro.

- Si no fuera porque Elena está muerta…Perdóname Sara…Soy Alberto Castillo, el marido de tu madre.

- Creo que se equivoca. Mi madre falleció hace diez años.

- Cuando leas esta carta entenderás muchas cosas…

Se acercó a mí ofreciéndome un sobre que recogí con desgana. Aquello no podía ser más que una triste equivocación, pero a pesar de mis reticencias, lo abrí y comencé a leer.


Querida Sara:

Qué difícil se me hace escribirte esta carta.

Probablemente si la estás leyendo es que ha sucedido lo peor y ya no podré conocerte. Tantos años soñando con este encuentro, escogiendo las palabras que te diría y todo lo que he guardado durante todo este tiempo se desvanece por momentos.

Y aunque ahora pienses que esto es un error, te puedo decir que no lo es.

Me quedé embarazada con dieciséis años. Eran otros tiempos, y por mi situación personal me vi forzada a cederte en adopción.

En todo este tiempo no he dejado de pensar ni un momento en ti y en este reencuentro que ya no será posible.

No espero que me perdones.


Te quiero.

Elena.




Al terminar de leer la carta se agolparon multitud de sensaciones en mí, pero sobre todas ellas predominaba la sensación de engaño.

No dejaba de hacerme preguntas que mi madre ya no podría responderme:

¿Por qué has tardado tanto en encontrarme?
¿Por qué mis padres nunca me hablaron de ti?
¿Por qué…? ¿Por qué?





Han pasado dos años desde aquel sábado lejano y aquí sigo preguntándome cosas que desconozco, pero hoy ya no tengo la sensación de engaño, creo que te he comprendido. Ya no necesito preguntarte porqué…


Ana


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martes, 14 de diciembre de 2010

EL ENGAÑO I



La mañana en la que todo sucedió me desperté sobresaltada. Serían las ocho cuando una música casi desconocida me hizo abrir los ojos. Era la melodía de mi móvil. Normalmente lo desconectaba siempre antes de irme a dormir, pero extrañamente, aquella noche olvidé hacerlo.

Por un momento pensé en dejarlo sonar y quedarme en la cama disfrutando de esos instantes en los que tomas conciencia de lo a gusto que se está entre las sábanas en el momento de despertar…Pero había algo en ese sonido, algo que me inquietó profundamente. No estaba acostumbrada a que sonara, y menos un sábado por la mañana.

Mi teléfono era el mudo acompañante de mi vida. Podían pasarse los días e incluso las semanas sin hacer ningún ruido. Si tuviera que sobrevivir gracias a las llamadas que recibía, probablemente llevaría mucho tiempo muerto. Por eso me extrañó tanto que me llamaran, y ante la insistencia de quien fuera que lo estuviera haciendo, no me quedó más remedio que asumir que tendría que levantarme y contestar.

Bajé corriendo al salón ante la urgencia de aquel sonido, pero a pesar de todo, cuando llegué a la mesa donde lo dejé olvidado descuidadamente la noche anterior, ya había dejado de sonar.

En la pantalla aparecía ese mensaje que no había visto nunca…”1 llamada perdida”. Rebusqué en el menú para ver quién me había llamado e intentar ponerme en contacto con él, pero lo único que encontré en la lista de llamadas recibidas era “nº desconocido”, por lo que tendría que esperar a que me volvieran a llamar.

Miré el reloj, eran las ocho y cinco, demasiado temprano para ser sábado, pero ya no me apetecía volver a la cama, por lo que me encaminé a la ducha. Necesitaba despejarme, así que abrí el grifo para que comenzara a calentarse el agua. Mientras alcanzaba la temperatura adecuada, mi cabeza no paraba de dar vueltas. No tenía ni idea de quién se habría tomado la molestia de llamarme, ni porqué su número permanecía oculto en esa privacidad que no era capaz de entender. Si bien era cierto que mi teléfono era un ser inerte que malvivía dentro de mi bolso y sólo me había servido en puntuales ocasiones, yo nunca llamaba con número privado. No sentía la necesidad de esconderme, quizás porque mi existencia era rutinaria y triste.

No había ningún aliciente en una vida que discurría bordeando la delgada línea del aburrimiento. A mis treinta y cinco años vivía sola en un pequeño dúplex en el centro de la ciudad. Hacía diez años que había perdido a mis padres en un accidente de tráfico. La noticia de su fallecimiento me sumió en una profunda depresión de la que me costó salir. Durante todos estos años me volqué en un trabajo tan rutinario y aburrido como mi propia existencia.

Pocos meses antes del accidente que les costó la vida a mis padres, había terminado la carrera de Derecho y como mi padre era uno de los mejores abogados de la ciudad, comencé a trabajar como pasante en el bufete de unos amigos suyos. Una vida aburrida y un trabajo aún más rutinario me hacían sentir impotente. No era capaz de enfrentarme a una realidad que me desagradaba sobremanera, quizás porque no había elegido mi vocación libremente. Me vi influenciada a seguir un camino que, con el tiempo, descubrí que no era el mío.
Mientras recorría mentalmente mi rutinaria existencia, el agua ya había alcanzado la temperatura adecuada. Me introduje en la ducha, dejando que las gotas fueran recorriendo poco a poco mis atenazados músculos.

Cuando estaba terminando de enjuagarme los últimos restos de jabón volvió a sonar el teléfono. Salí precipitadamente de la ducha, tomando la toalla que había dejado preparada previamente. Me la enrollé como pude, dejando un reguero de gotas de agua a mi paso y me apresuré a coger el teléfono.

- ¿Si?

- ¿Es usted Sara León?

- Si… ¿Qué ocurre?

- Le llamamos del Hospital Provincial. Es por el estado de salud de su madre. La señora Castro ha empeorado en el transcurso de la noche.

- Perdone, pero creo que se equivoca de persona…Mi madre falleció hace diez años en un accidente de coche.

- No sé realmente que es lo que ocurre señorita. Lo único que sé es que me han facilitado su número para que la localice. ¿Sería usted tan amable de acercarse al Hospital? Puede que entonces obtenga usted respuestas…

Colgué el teléfono y me derrumbé en el sillón. No podía ser. Lo único que se me ocurrió pensar en aquel momento es que alguien me estaba gastando una broma de muy mal gusto, algo macabro y sin sentido.


Continuará...


Ana


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